El arte de compartir

June 27, 2019

 

 

  

A día de hoy seguimos aprendiendo que una de las manifestaciones del corazón es la alegría; alegría de compartir con nuestros semejantes.  Sin embargo, en muchas ocasiones, al compartir hacemos un esfuerzo. Y digo “esfuerzo” porque literalmente nos cuesta trabajo hacerlo. ¿Por qué nos pasará esto? ¿Qué es lo que solemos compartir, algo íntimo o algo superficial y fácil? El hecho de darse al otro también es un acto de compartir. Quizá nos resulta complicado a veces diferenciar entre “compartir” y “compartirse”. Es decir: ¿comparto, o me comparto?

 

Con nuestras creencias hemos topado... Si nos dicen que tenemos que compartir, pero no nos dicen que atendamos a lo que nos dicta el corazón, nos creamos un conflicto que será tan duradero como sea nuestra capacidad para reflexionar sobre el asunto que tengamos entre manos. Para ponernos en situación basta con dejar aflorar algún recuerdo de la infancia en el que nos “obligaron” a compartir cuando no queríamos hacerlo, ya sea algo material o algo de nosotros mismos. Es justo ahí donde empezamos a aprender que el “compartir” nace de una creencia acerca de lo que debe ser y está bien considerado, siendo menos importante si el impulso de hacerlo nace o no de tu corazón. Esto nos genera una separación dentro de nosotros mismos, y por tanto, en relación a los demás.

               

En otros tiempos de la historia de la Humanidad se compartía más porque había necesidad y la gente atendía al dolor ajeno con más facilidad. A veces parece que el ser humano de este planeta únicamente reacciona cuando las circunstancias aprietan hasta el punto de casi costarnos la vida. Ahora vivimos un tiempo en el que compartimos poco y, en muchas ocasiones, solo cuestiones superficiales, lo cual en vez de acercarnos unos a otros  nos aleja de nuestro vecino. Actualmente, donde el corazón parece que se aleja del ser humano, es cuando más necesitamos retomar la conexión con nosotros mismos y así poder recordar que ahí es donde se origina el impulso de compartir.  Es en la soledad cuando a uno le nace la necesidad de darse al otro y compartirse desde lo más básico y sencillo, es decir,  desde su propia existencia. Desde ahí, caminamos por un sendero que nos lleva a encontrar que la vida sin compartirse está vacía, pues lo externo es tan solo una herramienta que habla de uno mismo y que acaba por trascenderse, porque cuando llevamos la atención hacia dentro, descubrimos que todo siempre estuvo ahí.

 

Al compartirnos desde el corazón nos exponemos a quien tenemos ante nosotros y, ante la vulnerabilidad que sentimos, reaccionamos intentando protegernos  al tiempo que procuramos atender a la posible demanda o contraprestación que nos llegue de vuelta. En realidad, lo ideal y a practicar sería que nos atendamos a nosotros mismos para que, si realmente nos sale una necesidad de compartir, lo hagamos sin esperar nada a cambio, pues es ahí cuando nos acercamos al corazón, que será capaz de expresar cualidades como la incondicionalidad contenida en la palabra Amor, produciendo efectos muy positivos tanto en nosotros mismos como en el entorno que estemos, pudiendo vernos reflejados los unos en los otros.

 

El corazón es una herramienta de gran potencia que maneja muchas variables, pero de manera muy sencilla; si nos las cuestionamos las atrofiamos, porque el corazón no entiende de razones sino de impulsos y acciones. Cuando estamos metidos en nuestra guerra particular es muy difícil atender a los impulsos del corazón, pues estamos atendiendo a energías de orden mental que requieren un procesamiento diferente al de las energías del primero. Cuando estudiamos la manera de vivir desde el corazón debemos hacerlo sin pensar cómo hacer las cosas. Sólo tenemos que hacer lo que dicte nuestro impulso primario y desde él ir ajustando los pasos. Además, por lo general, los ajustes del corazón son más fáciles de llevar y de manejar, pues tienen en cuenta al otro y se producen reacciones de empatía que facilitan y benefician a todas las partes. Esa es la intención, la búsqueda de un equilibrio.

 

Y aprovechando que con la entrada del verano estamos más predispuestos a compartirnos con los demás, quizá te apetezca hacer un breve ejercicio:

 

Busca momento y un lugar tranquilos. Siéntate con los pies apoyados en el suelo, pon las manos con las palmas hacia arriba sobre tus muslos y cierra  los ojos. Haz tres respiraciones profundas mientras  le pides a tu mente que deje aflorar algún momento vivido en el te hayas compartido desde el corazón. No busques, simplemente continúa respirando profundo hasta que surja de manera natural. Una vez que aparezca, recréate en los detalles de la misma: imágenes concretas, los sonidos y/o palabras del momento, emociones en esos instantes y dónde las sentías en tu cuerpo, reacción en los demás, etc.  Imagina como si pudieras subirle el volumen a todas esas cualidades; con ello le estarás recordando a  tu mente la magia que eres capaz de crear cuando te compartes desde el corazón. Disfruta del momento y cuando lo consideres oportuno, imagina como todas esas sensaciones viajan por dentro de ti a través de tus brazos hasta llegar a las palmas de tus manos. Concentra toda esa energía en ellas y después, visualiza como sale hacia fuera, envolviendo todo lo que te rodea: la habitación, la localidad donde vives, el país, el continente, el planeta Tierra… Y por último, haz que esa energía se expanda desde la Tierra hacia todo el Universo... Cuando así lo sientas, haz una respiración profunda para volver a tu momento presente, y abre los ojos.

 

Acabas de hacerte un regalo, y lo has compartido con todo el Universo...

 

La única responsabilidad que tenemos en esta vida es seguir recordando quiénes somos realmente, aprendiendo a dejar salir el potencial que tenemos encerrado en nuestros corazones, por el propio beneficio y por el bien común.

 

Feliz verano a todos y todas.

 

 

 

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